Cuento de Terror: La mala hora

 

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Una amiga llamó a Isabela, una noche antes de la cena. Ella estaba llorando mientras ella le decía que ella y su marido Enrique se estaban divorciando. Se había mudado de la casa ese mismo día e Isabela estaba angustiada.

Llamó a su marido, que estaba en un viaje de negocios a Chicago, y estuvo de acuerdo en que debería ir a permanecer con Isabela por unos días para ayudarla durante este tiempo difícil. Hizo una pequeña maleta y llegó en el coche. Era tarde, y le llevaría al menos cuatro horas en coche desde su casa en Sante Fe. Isabela estaba esperando que el llegara alrededor de la medianoche.

Mientras viajaba por la carretera oscura, húmeda, sentía como escalofríos, como si alguien o algo la observaran. Seguía mirando en el espejo retrovisor, y mirando hacia el asiento trasero. Nadie estaba allí sentado. No seas ridícula, se dijo a si misma, deseando fervientemente estar ya en la casa de su amiga, en vez de conducir en una carretera oscura y lluviosa. Casi no había tráfico, y deseaba de todo corazón que pronto llegara a Santa Fe.

Justo antes de llegar a la ciudad, empezó a bajar por los caminos secundarios que la llevarían a la casa de Isabela. Mientras se acercaba a un pequeño cruce, vio a una mujer que pasaba a la calle directamente en frente de su coche. Gritó de miedo y de golpe pisó los frenos e hizo una oración a la virgen.

El coche se estremeció a su fin, y miró frenéticamente alrededor de la mujer. Entonces la vio, justo al lado de su ventana, mirándola. Ella tenía la cara de un demonio, torcido, ojos de color rojo brillante y dientes puntiagudos cortos. Gritó mientras saltaba en la ventana, con las manos agarradas sobre el vidrio. Pisó el pie en el acelerador y el coche saltó hacia delante. Durante unos momentos terribles, la extraña mujer corrió al lado del coche. Entonces ella se quedó atrás y en el espejo retrovisor vio que crecía más alto y más alto, hasta que ella era tan grande como un árbol. La luz roja se arremolinaba a su alrededor como la niebla, sentía terror ver de nuevo por el espejo retrovisor. Puso de nuevo su atención en la carretera, con miedo de lo que podría pasar si su coche se salía de la calle.

Llegó a la casa de Isabela en un tiempo récord y se salió del coche, golpeando a la puerta de manera frenética y mirando detrás de para ver si la mujer con cara de demonio no la había seguido. Isabela vino corriendo hacia la puerta y la dejó entrar.

“Cierra la puerta y cállate!” La amiga lloró desesperadamente, abrazando a Isabela con la seguridad que le daba estar en su casa.

“Jane, qué está mal?” -preguntó, cerrando la puerta. Isabela la agarró de la mano y la llevó a la sala de estar. Se sentaron en el sofá y empezó a sollozar en el miedo y la reacción. Después de varios minutos, pudo decir con voz entrecortada su historia. Isabela abrió la boca y dijo: “¿Está seguro de que estabas en un cruce de caminos cuando la viste”

Jane asintió con la cabeza, confundida por su pregunta

“Debe haber sido La mala hora”, dijo Isabela, retorciéndose las manos.

“La mala hora?” Le preguntó Jane.

“Esto es malo, Jane. Muy malo”, gritó Isabela. “La Malhora sólo aparece en una encrucijada cuando alguien se va a morir.”

Por lo general, Jane se habría reído de una superstición tal, pero la aparición del demonio-mujer la había sacudido. Isabela le consiguió una taza de chocolate caliente, le trajo su equipaje del coche, y la envió a la cama. Ella estaba tan preocupada por su amiga que no le mencionó lo del divorcio o de Enrique.

Jane se sintió mucho mejor a la mañana siguiente, pero no podía evitar la sensación de temor que creció dentro de ella toda la noche. Ninguna de las dos mencionó lo de La Mala hora, pero las dos estaban pensando en ello cuando Jane le dijo a Isabela que quería irse de nuevo a su casa. Isabela insistió en acompañarla. Pero Jane se negó rotundamente en que conduciría de nuevo por la noche. Tenía miedo de ver al demonio-mujer otra vez cuando pasara por el cruce.

Se fue a la mañana siguiente, y no había pasado ni más de veinte minutos de trayecto, cuando un coche de policía se detuvo en su camino. Supo de inmediato lo que significaba, y también lo hizo Isabel.

Los oficiales les hablaban muy suavemente, pero nada podía suavizar la noticia. El marido de Isabela había sido asaltado en el camino de regreso a su hotel después de la cena de anoche. Su cuerpo no había sido encontrado hasta esta mañana. Le habían disparado en la cabeza y murió en el acto.

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