La lámpara diabólica

 

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En un pequeño poblado todo era apacible y tranquilo. La vida transcurría lenta, pero segura. Casi todos los habitantes de Niquitao se conocían, los lugares de encuentro no eran muchos: la panadería, la bodega, el bar, el parque, el campo de beisbol, la iglesia, el cine y la calle de las tiendas, restaurante y artesanías. Nada extraordinario pasaba en ese frío pueblo de montaña, aunque cálido por el amor de su gente.

El pastor Alonzo tiene cuatro hermosos hijos, la menor Alice de cabello rubio y rulos definido es complaciente, sensible, cariñosa y muy solidaria. Una tarde, jugando cerca de la casa abandonada junto a Pedro, su mejor amigo, consiguió una lámpara muy peculiar, le llamó la atención sus mágicos colores. Se la llevó hasta su casa para ver si funcionaba, la colocó en su cuarto y encendió; además de irradiar luces de colores, tenía melodía y giraba. Cayó en un profundo sueño y al despertar, por los gritos de su madre para que bajara a comer, se dio cuenta que a su lado había un gato muerto. Espantada lo echó por la ventana y bajó.

No fue la primera ni la última. Todas las noches Alice encendía la lámpara para dormirse con su suave melodía. Al despertar, al día siguiente, encontraba sangre en su ropa o algo extraño en su cuerpo. En el pueblo se comenzó a rumorar que un monstruo diabólico rondaba atacando animales y asustando a los vecinos. La paz se acabó.

Así fueron desapareciendo perros, mulas, gallinas y cuanto animal existía en Niquitao. Nadie tenía una explicación. Decían que el monstruo tenía pies de niño, pero garras de león. Ya nadie salía de su casa. Mientras Alice seguía encendiendo la lámpara para dormirse. No se sabe cuánto más lo hizo, pero lo que sí está claro es que un buen día Niquitao se convirtió en un pueblo fantasma.

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